Tema recurrente en mi poesía el de la casa. Cobijo para el hombre desde tiempos remotos, en mi niñez fue más motivo de angustia que de seguridad: vivíamos en una vieja construcción que, a cada tormenta, parecía a punto de romperse. Así que, la casa como deseo -en el sentido de la seguridad, de la solidez- aparece en mi poesía de modo casi obsesivo. Otras veces se presenta como lugar vacío, sin moradores. Otras, como lo que cada uno construye en medio del desierto para, precisamente, vencerlo. Si bien aquí no aparecen, hay ciertos poemas que se refieren al arca como variante de la casa. Allí se refugian los amantes, en medio del diluvio, no sin angustia porque la tempestad amenaza con hacer trizas la frágil nave, que, como en los relatos antiguos, no tiene timón. Peligro que aparece de otro modo, transfigurado, en mis poemas que hablan de una viga que amenaza desplomarse sobre quien, abajo, está sumido en sus pensamientos o lee o escribe. Otro recuerdo de infancia, mi refugio era un cuarto pequeño, como un desván, en el techo una viga de madera no daba la impresión de ser muy resistente, al contrario. Y, sin embargo, por alguna razón, yo permanecía allí, durante horas. Quizás, en esta anécdota, quepa en toda su profunda y riesgosa dimensión el quehacer del poeta.

Carlos Barbarito

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(de "La luz y alguna cosa")

Golpea la puerta cerrada de una casa
a oscuras.
Llueve.
Su cabeza sabe
que va a morir y que, antes,
un poco antes, se topará cara a cara
con eso que funde los pasos de un hombre
con el efímero y errático
vuelo de un insecto.
El agua lo moja:
para que esta lluvia caiga
como cae, y lo moje del modo en que lo moja,
debió suceder algo vasto y terrible
en otra parte:
la extinción de una especie,
muerta de sed a orillas de un río seco,
las nubes huyendo grávidas
de toda el agua, sin sentir culpa alguna.
A sus golpes nadie responde.
O sí,
una voz remota, casi inaudible,
que le advierte
lo que su razón ya aceptó
y su corazón rechaza:
Hasta
el fuego un día reposa,
frío.

Carlos Barbarito

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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(A Cristina Piña)


Cuando era niño cerraba los ojos
a cada tormenta, los muros de la casa
se sacudían, el agua de la lluvia
penetraba por debajo de las puertas.
Mi casa no luchaba, el niño no luchaba.
El agua arrastraba los sueños,
los juguetes; el viento cortaba la soga
y se llevaba al perro, se colaba
por los intersticios y se adueñaba de todo.
No importa el tiempo transcurrido,
los dolores y los trabajos, lo visto
y lo presentido, lo amado y lo odiado,
cada noche de tormenta regreso a aquella casa,
soy de nuevo el niño con los ojos cerrados.

Carlos Barbarito

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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(de "Desnuda materia")

...pero hay otro espacio, submarino.
Allí los peces de Klee
conversan con los peces
que muchos llaman verdaderos.
¿Dónde el confín? No
se precisan párpados;
un helecho corta la piedra,
un piano se deshace en sal.
En penumbras, nada muere, invoca.
Lo sumergido es infinito
y cabe dentro de una bolsa,
un perro ladra sin ladrido,
entre hora y hora
un libro, prodigiosamente seco,
se alimenta de imposibles llamas.
Asombro añadido al asombro:
un niño señala el arco iris
y en la punta de su dedo, enseguida,
una mancha.
(¿ Detrás
de Mona Lisa, como mero fondo,
lo que cubre ambos patios,
el de arena y el de piedra,
uno donde el niño entierra su palo,
otro donde el hombre erige una casa
que nunca dejar de estar vacía?)

Carlos Barbarito

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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(de "Figuras de ojo y sombras")

Acaso ya no importe si verdadero
o falso. Acaso dé igual
la hierba o su sombra,
el vientre o la torpe figura
que intenta representarlo.
Acaso ya no quede nada,
ni el borde, ni la herrumbre.
El lento animal no bebe del agua
del charco, el amor no se ensucia
con el puro hollín, la pared
no se agrieta tratando de extender
la casa hasta donde se pasea,
ingrávida, la belleza.
Acaso ya no importe si honrado o vil,
si vertical o desplomado,
si deseo o cuchillo o relámpago.
Por el viento, insepulta, todavía,
la palabra, golpeando
contra negra, alta desdicha.

Carlos Barbarito

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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(de "Puntos de fuga")

(A Laura Yasán)

El dolor -una música que se desvanece,
un silencio que se puebla de malos sueños-.
es lo único que sobrevive
después de las llamas frías,
el error instalado en el mundo.
Llamo,
no sé qué se concentra y qué se esparce,
qué erige una casa
y qué se oculta en el baldío,
apenas sé que aquella marca en la madera
exuda una sustancia
que gota sobre una hierba
irremediablemente seca.
Y el aire y el agua se empobrecen,
pierden altura y medida,
un cuerpo y otro cuerpo ya no se ajustan,
se retira lo vivido
con su exceso de cálculo, de derivación,
de deuda.

Carlos Barbarito

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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(de "La orilla desierta")

De la vida se sale herido,
ningún mar sabe de este andar
bajo remotas esferas
después del desamor y el silencio.
Sólo es verdadera la lastimadura,
el día entra de espaldas a la noche
y la noche es una boca
desde la que toda palabra se envilece y se pudre.
En insomnio, reflejo de último y extranjero.
¿Dónde se guarda el secreto? ¿Cuándo
se tensará la cuerda en el aire quieto?
Cada casa reserva escasez y desidia,
espejo y muerte, número sin trama.
¿Dónde se guardan la moneda,
el ala, el signo del arrebato,
la voz y la brasa, el filo, la piedad, el musgo?
De la vida se sale herido,
ningún mar sabe de la presa entre redes,
de la rama que arde sola, lejos.

Carlos Barbarito

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 


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(de "Amsterdam")

Camina, el viento sopla en contra
y, desde lejos, una risa lejana, de niño o mujer.
No hay nombre
para ese árbol que se inclina,
para ese espejo donde poca cosa se refleja,
para ese grupo de cañas requemadas
que constituye, al cabo de las horas,
el único paisaje. Más tarde, en la casa,
echará, como cada día, una leña a las llamas,
que creerá, como siempre, la última;
antes, a mitad de camino,
trazará sobre el pavimento
una línea de tiza
que tal vez no sea digna
de emular el rastro del caracol
hace mucho borrado por la lluvia.
Mientras, las nubes adoptarán muchas formas,
pero ninguna la de su propia cara.

Carlos Barbarito

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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(de "Piedra encerrada en piedra")

¿Y ahora qué hace? Su duda

se anticipa a cualquier otra cosa.

Incluso hasta la propia muerte

debería, si se presentara, esperar.

¿Le da la razón a las cenizas

y se olvida que de algún modo,

por alguna vía, por quién sabe qué ardid,

pudo ser feliz y nada hizo al respecto?

(El fuego, le dijeron, siempre tiene roto el extremo.

No lo entendió entonces, sigue sin entenderlo.)

¿Enfermo de un mar curable

y sin embargo mortal, plantará

un cyclamen en la estepa

sabiendo que no tardará en marchitarse?

(Le dijeron: no tendrás nunca una casa,

cuando quieras ver el día será tarde, será de noche.)

Ecos remotos, cada vez más inaudibles:

Tigris y Eufrates, emenagogo,

creosota, Es como un alto en la vida,

un súbito miedo a despertar, Jeremías en San Vincenzo,

el Evangelio de Nicomedo, las flores

de Leonardo, virgen de oro, camafeo...

¿Se llama a sí mismo y no asiste,

yerra y todo renace, acierta

y todo sigue bajo el lodo,

se llama a si mismo y asiste, desnudo,

sucio de tiempo y cenizas?

(de "Radiación de fondo", inédito)

 

Carlos Barbarito

 

 

Poemario Arquitectura y Humanidades