|
En todo
mi trabajo de los últimos cincuenta años, todos mis
temas han encontrado su inspiración en mi niñez. Mi
niñez nunca perdió su magia, nunca perdió su
misterio y nunca perdió su drama.
Louise Bourgois.
|
"Pensar que se puede venir al mundo en un lugar que en un
principio no sabríamos nombrar siquiera, que se ve por primera
vez y que, en este lugar anónimo, desconocido, se pueda
crecer hasta que se conozca su nombre, se pronuncie con
amor, se le llame hogar, se hundan en él raices, se alberguen
nuestros amores, hasta el punto que, cada vez que hablamos
de él, lo hagamos como los amantes, encantos nostálgicos y
poemas desbordantes de deseo."
William Goyen
I
Los espacios físicos
y afectivos de la infancia son vitales para nuestra existencia,
sin alguno de ellos, los seres humanos quedamos profundamente
descobijados. La casa materna es el cosmos existencial primigenio,
es el segundo vientre que, de una u otra manera, protege y
acompaña al ser humano a lo largo de toda su existencia
y aún después. Así, en los espacios de
la infancia es en donde recibimos, o no, los afectos que marcan
toda nuestra la vida.
El filósofo alemán
Martin Heidegger nos dice que "La tierra es donde
el nacer hace a todo lo naciente volver, como tal, a albergarse".
1 Así, el hogar de nuestra
infancia forma parte esencal de nosotros mismos y es también
el germen que genera el resto de nuestras moradas a lo largo
de la vida y en todas ellas ansiamos siempre encontrar aquello
que nos es familiar; hallar ese "aquello nuestro",
nos envuelve de paz.
¿Quién de nosotros
no recrea frecuentemente en la ensoñación aquellos
olores de la comida preparada en casa que vuelan por el espacio
del hogar, o los colores entre los que crecimos, la iluminación
del patio, o el suave viento meciéndonos junto con
la ropa tendida recién lavada? ...aquella blancura
aún acaricia y humedece nuestras mejillas. ¿Quién
ha olvidado los cálidos haces de luz que penetrando
por la cuadrícula de cristal construían un espacio
mágico en la habitación en el que la afectuosa
madre entibiaba nuestra alma y asoleaba nuestra piel? Y, cuando
ya adultos podemos volver a la casa materna, ¿no es cierto
que recorremos igual que siempre el mismo camino hacia aquel
ya desvencijado cajón en la cocina, en donde la abuela
ingenuamente escondía golosinas y herramientas indispensables
para mil asuntos? Y aún cuando aquel espacio no exista
en el hoy concreto, bien sabemos re-vivir detalladamente aquellos
nuestros rincones, mundos dominados en los que, ¿por
qué no?, todavía habitamos. ¡Qué
reposo en este ejercicio del mundo dominado, allí la
imaginación está vigilante y dichosa! 2
En
la cocina se lee nuestro tiempo; en ella hemos preparado
la vida, siempre escuchamos los nutrientes que cantan y
bailan alegres en ollas y sartenes y sus olores continúan
seduciendo a todas las edades. La cocina, espacio mágico
de alquimias físicas y espirituales, ella siempre
obligó a unirnos y a borrar cualquier fronteras..
toda una vida con ella y en ella, compañera fiel,
testigo silencioso de nuestra cotidianeidad; juntos vamos
envejeciendo en nuestro hogar.
3
Escondites y ruidos tan familiares,
espacios en los que se acurrucó nuestra infancia y
seguridad; rincones que abrazan, que nos siguen protegiendo.
¿Quién edificó aquellos espacios? ¿Fue
el constructor, fue la madre, el padre o nosotros junto con
ellos? ¿acaso el hogar son únicamente materiales
de construcción o más bien estos adquieren sentido
real con los materiales de la relación humana? ¿Cuál
es el deslinde? ¿acaso existe?
Dice
Bachelard: "la casa la construye el ama de casa, y la
edifica cuando día con día va dejando su alma
en el lienzo que limpia y lustra el hogar" 5 Los cuidados caseros
devuelven a la casa no tanto su originalidad como su origen
y, cuando una persona se entrega a las cosas, se apropia de
ellas, y en este acto, también se adueña de
la posibilidad de perfeccionar su belleza. Un poco más
bella, por lo tanto otra cosa; esto es la construcción
esencial del hogar, un acto de co-creación. El alma
del ama de casa es el alguien que edifica el hogar
en la renovación cotidiana. 6
Así, la casa deja de
ser cualquier espacio arquitectónico, cualquier objeto,
para transmutarse en espacio vivo generado desde el alma.
Y el alma significa aliento y a su vez, el aliento es vida.
y necesariamente hemos tocado en este momento el espacio en
el que se manifiesta el alma humana. De ello, del alma, el
Maestro Eckhart dice:
Cuando una rama brota
de un árbol, lleva tanto el nombre como la esencia
del árbol. Aquello que permanece adentro es lo mismo
que brota. Así pues, la rama es la expresión
de sí misma. Lo mismo digo de la imagen del alma.
Aquello que sale es lo mismo que permanece adentro, y aquello
que permanece adentro es lo mismo que lo que sale.
II
En la casa, no es el material
físico el esencial, dice Heidegger:
"El edificio en
pie descansa sobre el fondo rocoso. Este reposo de la obra
extrae de la roca lo oscuro de su soportar tan tosco y pujante
para nada. En pie hace frente a la tempestad que se enfurece
contra él y así muestra la tempestad sometida
a su poder. El brillo y la luminosidad de la piedra aparentemente
debidas a la gracia del sol, sin embargo, hacen que se muestre
la luz del día, la amplitud del cielo, lo sombrío
de la noche (...) El árbol, y la hierba, el águila
y el toro, la serpiente y el grillo, toman por primera vez
una acusada figura, y así adquiere relieve lo que
son. Este mismo nacer y surgir en totalidad ilumina a la
vez aquello donde y en lo que funda el hombre su morada.
Nosotros lo llamamos tierra." 4
Entendemos entonces a la casa
como el espacio que se habita y no únicamente
como una forma que se ocupa, aún cuando se ocupe una
forma pre-establecida. Es decir, la casa, y por ende la arquitectura,
es lo subjetivo de lo concreto edificado, que necesita de
lo concreto para contenerse, que es un ser vivo contenido
en materiales inertes que cobran vida y se transforman en
poesía con la inastauración del ser humano en
ella.
La casa es espacio intangible,
inmensurable pero fuertemente presente, que nos desnuda y
nos abraza todos los días y que se funde con nuestra
alma. La casa es un segundo vientre, una segunda piel a la
que pertencemos y de la que nos apropiamos cotidianamente
hasta fundirnos con ella,"yo soy el espacio en el que
estoy", dice Bachelard. Al apropiarnos de nuestra casa
y fundirnos con ella, la sacramentalizamos, le otorgamos el
sentido de pertenencia y de permanencia y así, la choza
más humilde es el rincón más sagrado
del universo.
Vista
íntimamente, la vivienda más humilde, ¿no
es la más bella?, su calidad primitiva pertenece
a todos, ricos o pobres, si aceptan soñar. Sin ella
el hombre sería un ser disperso. La casa lo sostiene
a través de las tormentas del cielo y de las tormentas
de la vida, es cuerpo y alma. Su estar es bienestar y guarda
el poder de atracción de todas las regiones de la
intimidad.... sus muros se estrechan y abrazan para protegernos
como una loba... todas las mañanas nos impulsa a
vivir, todas las tardes nos ofrece el encierro de la intimidad. 7
III
La casa en la que crecimos es
también un instrumento de conocimiento de nosotros
mismos; en sus espacios se gestaron nuestras neurosis y fortalezas,
es decir, el aprendizaje esencial para nuestra vida; las pasiones
se incubaron e hirvieron en los rincones de nuestra soledad
y las proezas o bajezas de la historia futura en el hogar
se engendraron. En las grietas de sus muros y en los secretos
de los armarios, muchos recuerdos y olvidos se alojan. Y,
a pesar de todo, en la casa la vida empezó bien, encerrada,
tibia, en un regazo de protección y en ello existe
mucho que agradecer. Amar y respetar los espacios que habitamos
es también amarnos y respetarnos a nosotros mismos.
Nuestro hogar es un ser vivo que lleva nuestra alma en su esencia.
Cada momento de nuestra vida está puesto en algún rincón
que ha sido construido desde nuestra única e irrepetible intimidad; los
planos de esta casa los dibujaron mi esposo y nuestros hijos, su lápiz fue mi
corazón. El espacio llega hasta donde el afecto alcanza y ambos funcionan
para protegernos, abrazarnos y cobijarnos del frío y la soledad. Aún
cuando no estemos físicamente en casa, ella siempre está en nosotros.
En nuestra casa hemos crecido y nos hemos amado mucho; hemos padecido, jugado,
y en ocasiones también reñido en alguna de sus esquinas. Mi casa ha
crecido a la manera vernácula... la parió nuestra cotidianeidad, es nueva
cada día, pero conocida y familiar. Ella continúa edificándose
hacia adentro, suspiro a suspiro, rincón tras rincón; los materiales de su
esencia son los afectos y el mortero nuestra relación. En la intimidad de nuestra
casa únicamente habitamos nosotros, ningún constructor rebasó
realmente las fronteras de lo exterior; la vida nos dio una cáscara, una cueva, la
idea de un hogar, pero sólo nosotros hemos abonado la tierra
la hemos transformado en nido, en concha;
somos los únicos edificadores de nuestra casa, el alma de nuestro espacio-hogar.
En la casa se vive y padece
el "adentro". En ella se aprende lo que es intimidad,
privacía, respeto exquisito, y también promiscuidad
arrasadora de almas. Las puertas físicas y espirituales
del hogar detienen en el afuera polvo, aridez o confusión;
y también en muchas ocasiones permiten que penetre
o contamine el frío, la soledad y la agresión.
En el "adentro", es decir, en los espacios del hogar
se gesta y habita la esperanza de un mundo mejor, y también
la agonía del ser humano y de su dignidad; dialéctica
de la vida humana que comienza en el hogar.
Habitar poéticamente,
edificar un hogar voluntariamente conservado en el austero
lujo de lo esencial, es el cotidiano mañana, fresco
y transparente, que invita a continuar.
Menos tu vientre
todo es confuso
Menos tu vientre
todo es futuro
fugaz, pasado,
baldío, turbio.
Menos tu vientre
todo es oculto,
menos tu vientre
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.
Menos tu vientre
todo es oscuro,
menos tu vientre
claro y profundo.
Miguel
Hernández.
María
Elena Hernández A.
|
|