…atravesé
el río y presencié anfiteatros, templos, muros,
arcos, frontispicios y foros que ella poseía, el fundamento
era una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares surcaban
la montaña y el valle, en un principio no encontraba su entrada,
así que me refugié en una caverna; en el fondo había
un pozo, en el pozo una escalera que me llevó al interior
de una vasta cámara circular, había nueve puertas,
ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba en la misma cámara,
la novena a través de otro laberinto daba a una segunda cámara
circular, de pronto unos peldaños de metal escalaban el
muro, los subí, fui divisando capiteles y astrágalos,
frontones triangulares y bóvedas, confusas pompas de granito
y mármol. Así que me fue deparado a ascender de la ciega
región de negros laberintos entretejidos a la resplandeciente
ciudad…1 me encontré en un patio, al que lo rodeaba un
solo edificio de forma irregular y altura variable, era un palacio
en el cual la arquitectura era representada por incipientes muros, columnas
y cúpulas que carecían de fin, estaba sola, como
abandonada y sin embargo reluciente. Regresé tomando el mismo
camino. Solamente eso puedo recordar, desde entonces no duermo, no como
tampoco bebo por no poseer deseo de ello. ¿Acaso, seré yo un
inmortal?
Di
media vuelta, y me alejé de aquel hombre sumergido en sus pensamientos,
caminé, y seguí caminando y al dar un giro escucho:
¿Dónde
estas?
¡Déjame
de nuevo contemplarte!
¿Dónde
estas Aleph?
No
entendí a ciencia cierta que es lo que andaba buscando, sin embargo
la desesperación en su voz se notaba. A la impronta luz, se cruza
en mi camino un sujeto que da la impresión de tener una máscara
en su rostro, su cara la tapa una bolsa de color oscuro, la que porta
dos agujeros para ver, tímidamente se acerca y me observa detalladamente,
sentí que no era lo que él esperaba, rompiendo su angustia
me contó:
Mi
madre es una reina, dulce y justa. En cambio a mí, se me acusa
de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de…bueno,
tales acusaciones yo castigaré a su debido tiempo. Es verdad
que no salgo de aquí, de ésta, mi casa, se que las
puertas están abiertas día y noche a los hombres y
también a los…bueno, que entre el que quiera, por ello
estas tu aquí, por esa misma accesibilidad. A veces me siento
como un prisionero. Por lo demás, algún atardecer
he pisado otras calles; si antes de la noche volví, lo
hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras desconocidas
y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol,
pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de
la grey dijeron que me habían reconocido. Esa gente al verme
oraba, se prosternaba, no en vano fue una reina mi madre, no puedo
confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera. El hecho es
que soy único. Me entretengo corriendo por estas galerías,
las cuales tu habrás de recorrer, pues pendiente estoy de quien
va entrando, esperando reconocer a mi redentor, pues hace nueve años
entraron por aquí nueve hombres juntos, uno de ellos me confesó
su existencia. Desde ese momento me duele la soledad, porque sé
que vive mi redentor2 , sé que al encontrarlo, al fin acompañará
a mi dulce madre y abogarán por mi. ¿Cómo será
mi redentor me pregunto, acaso tú me darías una señal
para ir hacia el y abrazarlo?
Paramos
de caminar para contemplar de repente el brillar de una placa dorada
en la que leí:
No
habrá nunca una puerta. Estas dentro y el alcanzar abarca el
universo y no tiene anverso ni reverso ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino que tercamente se bifurca en otro,
que tercamente se bifurca en otro, tendrá fin. Es de hierro tu
destino como tu juez. No aguardes la embestida del toro que es un hombre
y cuya extraña forma plural da horror a esa maraña de
interminable piedra entretejida. No existe. Nada esperes, ni siquiera
en el negro crepúsculo la fiera.3
De
pronto mi acompañante me da la espalda, diciendo, ¡Ese escrito
aparece siempre en el sendero de mi camino, más aún cuando
alguien me acompaña, en los momentos de ternura y belleza que
siente mi corazón, - y grita al cielo -: ¿Cómo será
mi redentor? ¿será un toro o un hombre? Volteándose
me da el frente sin máscara, llorando a mis pies se cuestiona
mesuradamente ¿será tal vez un toro con cara de hombre? ¿o será
como yo?
Hombre
o bestia, una mutación poseía, se alejó por temor
a que me burlara. Traté de retenerlo, pero no fue posible. Lo
ocurrido indicaba que estaba en un sitio muy singular, por lo cual empecé
a indagar. Subí por una escalera, que me llevó a una entrada,
en la que mi sorpresa fue mayor al encontrarme con un espacio compuesto
de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías
hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercado
por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono, se ven
los pisos inferiores y superiores: interminablemente. Una persona
amable me dice:
¡Entra,
pasa a este universo, que lo han catalogado como la biblioteca!.
Sin
duda alguna era el guardián, era pues el bibliotecario, que guiándome
con la mano señala:
La
distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles,
a cinco largos anaqueles por lado cubren todos los lados menos dos,
cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada
libro es de cuatrocientas diez páginas, cada página de
cuarenta renglones, cada renglón de unas ochenta letras de color
negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras
no indican o prefiguran lo que dirán las páginas; su altura
que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal.
Una de las caras libres da a un hermoso zaguán hay dos gabinetes
minúsculos: uno permite dormir de pie; otro satisfacer las necesidades
fecales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se
eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente
duplica las apariencias.4
Aquí
he viajado en mi juventud, he peregrinado en busca de un libro,
un libro que posea los veinticinco símbolos ortográficos,
un libro total, que signifique o que me indique algo, que me explique
y que me haga entender, pues en otro he leído que los libros
nada significan entre sí, pero también dicen que existe
uno único, el cual, da la sabiduría completa y el descanso.
Ayúdame a encontrarlo, pues lo compartiremos.
Desconcertado
por el lugar, fingí estarle ayudando, observé cuidadosamente
el espacio, realmente era increíble, sentía que simplemente
mi mirada se perdía en él, por lo que me costaba mucho
trabajo retenerla. Tomé un libro dorado, descuidadamente se deslizó
entre mis dedos cayendo al piso, indicando sugerentemente el siguiente
texto:
Me
encuentro delante de un altar de tierra donde flamea un fuego de hierbas
secas, al que con brazos extendidos y mirando hacia arriba cantaba:
El cielo es mi padre, el me ha engendrado. Tengo por familia todo este
acompañamiento celeste. Mi Madre es la gran Tierra.
Cuentan
los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los
primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó
a sus arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto
tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban
a entrar, y que los que entraban se perdían. Esa obra era un
escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones
propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a
su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer
burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el
laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación
de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta.
Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia
que él en Arabia tenía un laberinto mejor y que, si Dios
era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego
regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y
estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que
derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo
al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó
al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: ¡Oh, rey del tiempo
y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en
un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora
el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no
hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías
que recorrer, ni muros que te venden el paso. Luego le desató
las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió
de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere. 5
El
canto duró hasta el anochecer, era noche de luna nueva, desciende
de la colina marchando bajo las encinas, prestando atención como
antes a las voces evocadoras del bosque. Se encontraba de nuevo ante
el templo abierto de ancho portal, pues las columnas ya habían
subido hasta el cielo posándose ante él, una mujer bella
se le acerco; llevaba una magnífica corona, su cabellera tenía
color oro, su piel la blancura de la nieve y sus ojos el brillo profundo
del azul del cielo después de la tempestad. Ella le dijo: Yo
era la mujer salvaje; por ti he llegado a ser la esposa radiante y glorificada,
¡Oh, mi dueño y mi rey!, mis pasos han de enaltecer la entrada
de tu palacio, pues brillara majestuoso durante esas noches de soledad
lunar; mi presencia por el día, añadirá a los corredores
que circulan el estar las cálidas sensaciones en colores ocres
y amarillos que no brinda la piedra por su seriedad; y si así
lo deseas, mis vestimentas serán teñidas del color del
salpicar de las fuentes que posees en el jardín.
Él
guardó silencio por un instante. Su mirada sumergida en los ojos
de ella, media el abismo que separaba la posesión completa del
eterno adiós. Pero sintiendo que el amor supremo posó
su mano libertadora sobre la frente de la mujer, bendiciéndola
le dijo: Adiós, se libre y no me olvides, pues yo no habitaré
ese palacio al que tú has de habitar, no con el color trasparente
del agua al salpicar, sino con el color del alba teñido por tu
suspirar, y si así lo deseas, mis vestimentas serán…
¿Qué
estas leyendo? - interrumpe el bibliotecario -
¿Acaso
lo has encontrado?
De
inmediato dejé el libro en sus manos, y escapé como pude
de ese lugar de sabiduría que ahoga.
Por
el correr de prisa, crucé otra puerta, que me introdujo a una
galería de sensación elíptica, con el techo tan
alto como el espacio de la catedrales góticas, que parecía
tener anuncios y leyendas, entre las cuales leí:
Soy
el único hombre en la tierra… y poseo el castillo mismo en
el que ahora mismo piensas tú... Sueño la luna y sueño
mis ojos que perciben la luna. He soñado la tarde y la mañana
del primer día. He soñado a Virgilio… y las escenas
de la Divina Comedia de Dante... He soñado la geometría.
He soñado el punto, la línea, el plano y el volumen. He
soñado el amarillo, azul y el rojo. He soñado los mapas
y los reinos y aquel duelo en el alba. He soñado la duda y la
incertidumbre. He soñado el día de ayer. Quizá
no tuve ayer, quizá no he nacido. Acaso sueño haber soñado."
6
En
un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra,
sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso
es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de
maderas y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a
ti escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre
un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre
que en otra celda circular…El proceso no tiene fin y nadie podrá
leer lo que los prisioneros escriben 7.
El
templo predilecto, la plaza del mercado, los jardines de la escuela,
tu casa… un monumento de una tarde sin duda inolvidable…,así
como …el rojo espejo occidental en que arde una ilusoria aurora.
¡Cuantas cosas…ciegas y extrañamente sigilosas! Durarán
más allá de nuestro olvido, no sabrán nunca que
nos hemos ido.8
En
su grave rincón, los jugadores rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo ámbito en el que se odian
dos colores. Adentro irradian mágicos rigores las formas: torre
homérica, ligero, caballo, armada reina, rey postrero, oblicuo
alfil y peones agresores. Cuando los jugadores se hayan ido, cuando
el tiempo los haya consumido, ciertamente no se habrá cesado
el rito. En el oriente se encendió esta guerra cuyo anfiteatro
es hoy toda la tierra. Como el otro, este juego es infinito. Dios mueve
al jugador y éste, la pieza. ¿Qué dios detrás de
Dios la trama empieza…? 9
Al
pasar al siguiente esquema de letras mis pasos delataron el sonido de
algo que se encontraba en el suelo, era …una moneda común,
de veinte centavos. Camine embelesado con la moneda, la apretaba
en las manos para asegurarme que aún se encontraba ahí.
Pensé que no hay moneda que no sea símbolo de las
monedas que sin fin resplandecen en la historia y la fábula.
Pensé en el óbolo de Caronte, en el óbolo que pidió
Belisario; en los treinta dineros de Judas; en las dracmas de la cortesana
Laís; en la antigua moneda que ofreció uno de los durmientes
de Efeso; en las claras monedas del hechicero de las 1001 Noches…pensé
que nada hay menos material que el dinero…el dinero me puede permitir
la entrada a un restaurante, en las mesas copas y velas, adornos florales
y enfrente de mí, el sonido transmitido por un saxofón
acompañado de una melodiosa voz, a mi lado el ser de mis deseos
y en el plato un rico flan,…vaya una moneda simboliza nuestro libre
albedrío. La miré, nada tenía en particular salvo
unas ralladuras. 10
Mientras
sorprendido escucho:
-
Te cambio al Zahir por mi Aleph
¿Mi
Zahir por tu Aleph?
-
Si, por mi Aleph, yo lo hube buscado y encontrado.
¿Y
donde lo encontraste?
-
En la calle Garay, dentro una casa vieja, en el ángulo izquierdo
del sótano.
¿Y
qué es un Aleph?
-
¡Ah! es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.
Entonces, cambiamos?
¿Y,
es tuyo?
-
Claro que es mío… yo lo descubrí en la niñez,
antes de la edad escolar. En el sótano, ya te lo dije.
Mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien
dijo que había un mundo en el sótano. Bajé secretamente,
rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi
el Aleph.
¿Me
puedes describir que es el Aleph?
-
Si, es el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares
del orbe, vistos desde todos los ángulos.
(Por
un momento pense que este tipo estaba loco) ¿Déjame verlo?
-
¡Dame el Zahir y lo veraz!
Ten
la moneda.
-
El Aleph está aquí, bajando este sótano… me
voy, bajo la trampa y te quedas solo, para que no se vaya querer
escapar,…claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida
mi testimonio…baja; muy en breve…
Bajé
con rapidez, harto de sus palabras insustanciales…empecé a
buscar… cerré los ojos y los abrí. Entonces lo vi,
el espacio cósmico estaba ahí.
Vi
al rey de la reina y de los hechicero… ciudad en donde…los
Yahoos duermen donde los encuentra la noche… 11
Vi
…a una chica que ha enloquecido y que en su dormitorio los
espejos están velados pues en ellos ve un reflejo usurpando
el suyo, y tiembla y calla por ser consciente o inconscientemente
perseguida mágicamente. 12
Vi
…un sentido en lugar de cinco, en un mundo de individuos que pueden
comunicarse entre ellos, por medio de palabras, como dijo Schopenhauer,
la música no es algo que se agrega al mundo; la música
ya es un mundo. 13
Vi
un edificio…dentro de un terreno rectangular de seis metros de frente
y algo menos de dieciocho de fondo. Cada una de las seis puertas que
agotan la fachada de la planta baja comunica, al cabo de noventa centímetros,
con otra puerta igual de una sola hoja y así sucesivamente, hasta
llegar al cabo de diecisiete puertas, al muro de fondo. Sobrios tabiques
laterales dividen los seis sistemas paralelos, que forman un conjunto
de ciento dos puertas. Desde los balcones de la casa de enfrente, el
estudioso puede atisbar que el primer piso abunda en escaleras de seis
gradas que ascienden y descienden en zigzag; el segundo, consta exclusivamente
de ventanas; el tercero, de umbrales; cuarto y último, de pisos
y techos, el edificio es de cristal.14
Vi
el populoso mar, el alba y la tarde,
vi
las muchedumbres de América,
vi
interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como
en un espejo,
vi
todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó,
vi
racimos, vi nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua,
vi
un círculo de tierra seca en una vereda,
vi
la noche y el día contemporáneo,
vi
tigres, bisontes, marejadas y ejércitos,
vi
el engranaje del amor y la modificación de la muerte,
vi
el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la
tierra otra ves el Aleph y en el Aleph la tierra,
vi
mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo
y lloré,
porque
mis ojos habían visto ese objeto ese objeto secreto y conjetural,
cuyo nombre usurpaban los hombres, pero que ningún hombre ha
mirado: el inconcebible universo.15
Jose
Luís Lizárraga Valdéz