III
El trasfondo de la arquitectura: el Partenón
La
arquitectura es música congelada...
Goethe
"...Después,
reanudando el hilo de oro de su pensamiento, me dijo, llegamos ahora
a esas obras maestras que son la obra exclusiva de uno solo, y de
las que te decía hace un momento, que parece que cantan.
¿Era una palabra
vana, oh Fedro? ¿Eran palabras negligentemente creadas por el discurso,
que rápidamente lo adornan, pero que no soportan la reflexión? ¡No,
Fedro, no!... Y cuando (primero e involuntariamente) hablaste de
música a propósito de mi templo, ha sido al influjo de una divina
analogía. Ese enlace de pensamientos que por si mismo se dibujo
en tus labios, como el acto distraído de tu voz; esa unión al parecer
fortuita de cosas tan diferentes, depende de una necesidad admirable,
que es casi imposible de pensar en toda su profundidad, pero de
la que tu sentiste oscuramente la presencia persuasiva. Imagina
entonces fuertemente, lo que seria un mortal suficientemente puro,
razonable, sutil y tenaz, poderosamente armado por Minerva para
meditar hasta el extremo de su ser y, por ese extraño acercamiento
de las formas visibles con las efímeras ligas de sonidos sucesivos;
¡piensa hasta qué origen íntimo y universal se adelantaría; a qué
punto preciso llegaría; qué dios encontraría en su propia carne!
Y poseyéndose, al fin, en ese estado de divina ambigüedad, si se
propusiera entonces construir no se qué monumentos, en los que la
figura venerable y graciosa participara directamente de la pureza
del sonido musical, o debiera comunicar al alma la emoción de un
acorde inagotable, imagina, Fedro, ¡qué hombre! ¡Imagina qué edificios!...
y para nosotros, ¡qué goces!" 20
Así hablaba
Paul Valery, en voz de Eupalinos, de las grandes obras de la arquitectura,
de aquellas que cantan. Pero ¿cómo reconocer las que cantan de las
mudas?
Hartman, filósofo
alemán de principios del siglo XX, en su libro Estética expone una
serie de trasfondos existentes en la arquitectura, que nos pueden
ayudar a validar y clasificar, quizá de manera más objetiva, las
obras mudas de las que cantan. Me abocaré aquí a la tarea de encontrar
esos trasfondos en la figura del Partenón.
Antes de entrar
a estudiar los trasfondos de la arquitectura, dice Hartman que ésta
está atada a dos fenómenos, "el primero estriba en una analogía
con la música. Como en ésta surge, tras lo sensiblemente audible,
algo mayor sólo musicalmente audible, así sucede aquí también. Tras
lo directamente visible se presenta un todo mayor que, como tal,
sólo puede darse en una visión conjunta más alta."21
Es decir, no es únicamente lo visible y perceptible a través de
los sentidos, lo sensorial, lo que nos permite dar una opinión sobre
tal o cual solución arquitectónica. Lo que vemos, en el momento
en que lo vemos, no es nunca una visión total del edificio, el edificio
se nos presenta por partes, e intuimos el espacio como una unidad
sólo cuando lo hemos recorrido. Este acto de recorrer sensible,
en el que hacemos uso de nuestra visión principalmente, nos va acercando,
además, al ver interior, artístico.
Si se dijera
simplemente que el Partenón se ubica en la parte alta de la Acrópolis,
que el cuerpo central del edificio estaba rodeado por un peristilo
de 70 metros de largo, 30.5 metros de ancho y 18 de altura; que
estaba construido de mármol pantélico y que constaba de una serie
de columnas altas que lo rodeaban y sostenían el techo; que remataba
en un frontón donde se levantaban motivos escultóricos hechos por
Fidias, lo único que haría sería una descripción visual, pero poco
me dice del ver interior, cuyo objetivo sobrepasa en mucho al ver
sensible: su objetivo es la composición verdadera.22
La descripción por si sola no da a entender lo que sucede espacialmente,
como una partitura de una pieza musical es ininteligible en el papel
y puede ser entendida sólo hasta que las notas escritas se convierten
en sonidos musicales. El segundo fenómeno estriba en lo que la obra
arquitectónica proyecta, "pues es evidente que en el aspecto de
una construcción se expresa algo más que la forma material espacial."
En la arquitectura se manifiesta con mayor claridad la vida de los
pueblos. Kenneth Clark afirmaba "Dijo Ruskin: "Las grandes naciones
escriben sus autobiografías en tres manuscritos, el libro de los
muertos, el libro de sus palabras y el libro de su arte. Ninguno
de ellos puede ser interpretado sin la lectura de los otros dos,
pero de los tres, el único fidedigno es el último". En líneas generales,
estoy de acuerdo con ello. Si para decir la verdad sobre la sociedad
tuviese que escoger entre un discurso de un ministro y los edificios
que se erigieron durante su ejercicio, me quedaría con los edificios."23
"Por ello, pueblos
y épocas históricas pueden "aparecer" en sus construcciones y, de
ninguna manera, sólo en las monumentales; estas son sólo con frecuencia
las más duraderas"24
La Acrópolis
es un claro ejemplo del estilo llamado clásico que en Grecia se
vivió entre los siglo V y IV a.C. De hecho, el término clásico que
se adopta para clasificar no sólo un período, sino un tipo determinado
de hacer, es empleado en aquellas obras que, por su contenido y
forma, trascienden. Y es tanta la expresión que en el Partenón existe,
que en este "aparecen" los griegos con sus normas de belleza las
cuáles en el siglo XVIII fueron retomadas en la escuela de Bellas
Artes de Paris. Los griegos, así, continúan expresándose a través
del tiempo.
En la producción
del quehacer aparecen además dos factores determinantes, el primero
es el propósito al cuál está subyugado el arquitecto, pues sin propósito,
no hay obra.
Villagrán expone
ciertos elementos que son externos al arquitecto, entre ellos se
encuentra el destino (además del lugar y la economía). El destino
o propósito le dan al arquitecto el tema a desarrollar, y éste no
se da de manera libre como en las demás artes, sino que está condicionado
y sujeto a una necesidad real, a un fin práctico. El segundo es
el peso y fragilidad de los materiales con los que trabaja. Con
estas limitantes, el arquitecto debe poner todo su empeño en elaborar
su obra.
El propósito
del Partenón se encuentra es el de ser un templo, dedicado a dar
albergue a la diosa protectora de Atenas, Atenea Pártenos. Y el
propósito que la elaboración de los templos supone, no es cosa fácil.
El dar albergue a los dioses siempre será una tarea titánica.
Su emplazamiento
en la Acrópolis responde a dos motivos: siendo la ciudad una ciudad
dedicada y protegida a Palas Atenea ésta tendría que dominar visualmente
toda la ciudad, por lo tanto se emplaza en lo más alto de la Acrópolis,
su sitio es lo más alto en las alturas, donde ve todo, donde todos
la ven. El segundo motivo responde a la forma en que se efectuaban
los ritos. Los sacerdotes consagrados a la diosa Atenea eran los
únicos que tenían acceso a este templo, y los asistentes contemplaban
los ritos desde afuera, desde la plaza. La distribución en planta
del Partenón responde a una secuencia lógica de los espacios requeridos
para llevar a cabo los rituales dedicados a Atenea. Su planta está
dividida en cuatro secciones: el pronoas o pórtico, en el que se
depositaban las ofrendas; la cela o santuario, en el que estaba
la estatua de Atenea; el partenón o cámara interior y el opistodomo
o cámara posterior.
La secuencia
que se sigue en la ejecución del rito determina al interior la disposición
del templo. Si adentro es el albergue de la diosa, el afuera corresponde
a los mortales, y del afuera hacia el adentro se acerca a la divinidad.
Y el pórtico es un filtro, la transición del afuera hacia el adentro.
La cela sigue al pórtico y en lo más alejado del afuera, al fondo
del santuario, la figura de Palas Atenea. En la planta arquitectónica
se puede leer esta secuencia con gran claridad, en un movimiento
que sólo eso, y nada más que eso, se puede hacer. Hay aquí una composición
según el propósito.
Si la lectura
en planta del Partenón es clara, existe una gran correspondencia
en su composición espacial. Su altura corresponde a la altura de
un templo y la magnificencia de la ciudad. El cuerpo del Partenón
se eleva por encima de todas las construcciones. "Cuando de trata
de construcciones monumentales se añade aún el efecto de las magnitudes,
este no depende tanto de la verdadera magnitud de la obra arquitectónica
como de la composición espacial: hay construcciones que no parecen
ser grandes y otras de dimensiones muy modestas que producen una
impresión de magnitud.25
El Partenón
logra una proporción con el entorno, mirando desde el cielo. La
materia con la cual está construida es la materia de los dioses:
la piedra, la materia más duradera, la más esquiva y la más pesada.
Para los griegos,
como para muchas de las antiguas civilizaciones, la piedra fue el
material idóneo para cubrir bajo techo sus necesidades espirituales.
El estilo griego estuvo condicionado a este poder técnico. "La superación
de la pesantez en el cubrimiento de los espacios interiores es aquí
el momento constructivo principal. Es principio es ya evidente en
la forma de la columna griega, que además de soportar el arquitrabe,
el frontón y el techo, se soporta a sí misma y por ello muestra
el intuitivo fenómeno del rejuvenecimiento hacia arriba."26
Las limitantes
que dan los materiales son evidentes, pero no estriba en ellos o
en sus proporciones espaciales (las cuáles en el Partenón son técnicamente
perfectas según la concepción clásica griega) la belleza de la forma,
sino en el sentido dinámico de las formas; es decir, donde la pesantez
y las habilidades constructivas se pueden intuir en la forma visible.
La gran variedad
de soluciones que el Partenón pudiera tener son infinitas, pero
la solución definitiva sólo puede entenderse como resultado del
modo de vida de los griegos. Su tradición estilística y su obsesión
matemática de la proporción los lleva a encontrar una sólida correspondencia
de las partes con el todo. El estilo jónico, y no otro, es el único
estilo capaz de definir la forma del Partenón, y el Partenón es
el único capaz de dar albergue a Atenas. Otras soluciones pueden
darse al templo de Atenas, pero el espíritu y sentido, la concepción
del espacio interior serían otras. Y los griegos no se verían identificados
con ellas. Hay en estas formas una determinada expresión, "una carácter
interno de la obra arquitectónica, que no se agota sólo en el propósito
mismo ni en la forma espacial y la construcción dinámica, sino que
expresa además algo del carácter y del modo de ser colectivo de
los hombres que crearon, a lo largo de muchas generaciones, estas
formas. Pues esto es lo peculiar de formas arquitectónicas que expresan
lo humano, que no surgen como ocurrencias de un individuo, sino
que se configuran paulatinamente en una larga tradición."27
Hartman escribe:
"No toda obra arquitectónica posee los estratos más profundos del
trasfondo, aquellos que dicen algo de la vida y del ser anímico
de los hombres que las construyeron. Pues la sola antigüedad, la
distancia temporal con el observador, difícilmente formará el trasfondo."28
Ciertamente
hay en el Partenón una distancia temporal considerable entre nosotros
y él, y la afirmación anterior nos previene de considerarla, por
este simple hecho, como una Obra Arquitectónica. Habrá que analizar
sus trasfondos y no utilizar, como único pretexto, su aparente eternidad,
y hacer lo mismo con muchas obras para no ser engañados. Idea y
técnica deben conjuntarse para dar al propósito una solución satisfactoria.
La materia envuelve la idea. Y el cómo esta materia envuelva la
idea dará como resultado la calidad arquitectónica.
La voluntad
vital, creativa de los griegos, logró que tal templo pudiera llegar
a ser edificado, y aún pudiera sobrevivir la temporalidad. Hay un
espíritu que la piedra por si sola no captura, no enciende, necesita
de la ayuda de hombres, de arquitectos, que resuman la vida de una
civilización en una obra arquitectónica. El alma de las grandes
edificaciones son sostenidas por ideas más que por columnas o arquitrabes,
su forma es intuida no en su forma física, sino en una música que
dice lo que las palabras callan, que se captura en el vacío que
dejan los muros y la cubierta. El Partenón en una gran sinfonía
musical.