Arquitectura   y   Humanidades

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Recomendaciones para la presentación de artículos y/o ensayos.

SOBRE CORDELIOS Y URAMUNDIOS

por: Ricardo Combariza.
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Capítulo I


Aunque ella no lo advertía, la última gota de vino descansaba en sus labios amenazando con escaparse hacia el mentón aprovechando la fuerza de gravedad. Él la miraba reír, más preocupado por la gota presta a deslizarse que por los latidos que retumbaban pesados en su pecho y que se escuchaban como un lejano tambor de guerra.
Con un roce accidental de manos llegó el silencio, escuchaban lo insonoro como si se tratase de una sinfonía. Las risas de ella se metamorfoseaban en una seriedad dulce, miradas de asombro, pupilas dilatadas, un respirar tibio y profundo. Las mejillas, antes tensas, se rendían relajadas para permitirles tomar aire con la boca entreabierta en una pequeña "a" no pronunciada.


Se miraban confundidos con los ojos bien abiertos y las cejas levantadas, parecía que el lenguaje con el que se comunicaban en encuentros anteriores era ahora poco más que un conjunto de incoherencias sin valor, de fonemas sin sentido, letras conexas que ya no contenían el verdadero valor de las cosas y que ahora eran inútiles para decirse aquello que estaban por decir. Olvidaron así las palabras, las voces, los nombres, las imágenes, los momentos, los errores, los aciertos, todos aquellos recuerdos de un mundo que ahora parecía lejano e innecesario.


Eran fragancia opuesta conjugada en un solo verbo: la vida y la muerte, el ying en el yang, padre cielo y madre tierra. Todo convergía en un deseo, en una intención simple transmitida en el espíritu a través de imperceptibles movimientos oculares y respiraciones profundas que hacían el aire pesado y húmedo; eso pasa con el aire cuando es respirado tantas veces. Eran una lluvia, una gran nube relampagueante dispuesta a regar las planicies, un ciclo de vida interminable que lleva el agua a la tierra para luego devolverla al cielo.


Con la lluvia vino el vértigo, señal que vaticina el inicio o el fin de algo, sensación que nace en el vientre bajo y que consiste en una mezcla entre amor y miedo, manifestada en un calor profundo y un cosquilleo efervescente que sube desde las entrañas. A medida que se acercaban, cielo y tierra, tierra y cielo, se hacían evidentes aquellos pequeños detalles que otorgan a una cara cualquiera la posibilidad de ser un rostro, remembranzas del pasado, diminutas marcas de risas y llantos, de historias que esperaron pacientes para ser contadas en ese momento. Juntos eran como un puente levadizo que retoma su forma para cumplir con sus funciones de puente. Se acercaron hasta eliminar el espacio en un imperioso impulso de labios que se hacían suaves, de dientes que se abrían para dejar salir el aire oscuro junto con los habitantes de aquellas cavernas sagradas que conocemos como boca. Así buscaban con torpeza un sitio para colocar las manos, al menos un breve espacio en la cintura o un hombro amigable, un lugar al que aferrarse para estar en paz y beber aquella gota de vino de la que ya no sabremos nunca dónde estaba para entonces, que había dejado en su huída un rastro dulzón que se confundía en la humedad entrelazada, un aroma que duraría al menos lo que durara el beso, antes de que se dieran cuenta de que ya no eran ellos, que precisamente con ellos el universo había cambiado de manera irremediable.


Reinaba un sólo pensamiento simultáneo, una sola idea, un imaginar a ojos cerrados, a cavidades vivas, un sólo propósito de dos cuerpos y dos almas creados por el mismo autor de las estrellas y los mares. Él, quien decide el curso del tiempo, y en ocasiones el de algunas vidas cuando llega a ser necesario, no podría estar ausente al momento de consumarse el beso, y no por querer ser un intruso, no para juzgar los actos de un hombre y una mujer que bebían de sus bocas tibias y se acariciaban los dientes con la lengua, quienes pronto dejarían de lado, ya no las hojas de parra, sino las incómodas ropas que inutilizaban la piel tan necesaria en el ritual de la lluvia. Para eso habían sido creados, y Él estaba presente porque sabía bien que éste era sólo el principio de todo lo que de aquí en adelante tendrá que ser narrado.


Capítulo XXI


La crianza del cordelio es magistralmente más difícil que la del uramundio. Al principio todo parece sencillo, pero basta empezar a observar las dificultades que representa cuidarles: alimentarlos, quitarles las hojas secas, retirar la hierba mala, mantener las ventanas abiertas para que entre la luz y el aire, observar minuciosamente y registrar en el libro los cambios de forma y color que cada mañana ocurren, pero que son imperceptibles para el ojo inexperto.


Mon Torche, deberías verlos, parecen estar tan tranquilos dormitando en sus macetitas de barro negro, con los tallos aún tiernos doblados de gusto. Hasta parece que sueñan. Yo los miro y por alguna razón empiezo a pensar en célebres y locos, en conciertos que no he escuchado aún, colores indescriptibles, guerras que no se han librado. Pero no hay que dejarse engañar por los cordelios, que son magos arteros. No sueñan, no duermen, solamente cierran los ojos por pequeños intervalos, eso es todo. Es así que se hace imperiosa la necesidad de observarlos meticulosamente y sin descanso. Yo pensaba que si los dejaba solos por un rato no sucedería nada, pero me di cuenta de mi error aquel fin de semana, cuando fuimos a visitar a tus padres.


Alimentarlos sin tirar el costoso alimento no es tarea fácil. Cuando alzan la cabeza para recibir el primer alimento de la mañana, todo ocurre comunistayidoincontrolablecapasdekemarlotódo. No he terminado de preparar el cárnico concentrado, que debe dárseles molido para que puedan masticarlo pues a esta edad temprana los dientes aún son blandos, cuando empiezan a emitir ese chillido mandragórico que distingue tan claramente a los cordelios en crecimiento. Los chillidos se sobreponen unos sobre otros, y es como un concierto agudo, taladrante y desafinado.


Te confieso que a diario me gana el sueño. A veces me duermo abotonándome la camisa o atándome los zapatos. El otro día me dormí leyendo el periódico. Bueno, eso se explica porque el periódico que leo ya ha dejado de ser periódico. Desde que estoy en esto de la crianza del cordelio, he dejado de comprarlo. Es por lo mismo que he leído una y otra vez el mismo periódico, al punto de que a veces no me doy cuenta que es el mismo del 24 de julio de hace dos años. En el fondo sé que ya lo he leído, que las grandes letras de primera plana son igual de negras y con el mismo orden que el día anterior, pero aún sabiéndolo no dejan de afectarme una y otra vez las noticias tristes y rancias. En eso soy un poco uramundio, tal vez te cuente más adelante.
No vayas a pensar que guardo de manera alguna resentimientos contra los cordelios, ellos no tienen la culpa de ser lo que son. Es sólo que a veces me hace sentir absurdo el hecho de verme como dibujado por ellos. Es que uno llega a imaginar que se puede controlar a los cordelios, pero todo cordelicultor dedicado, y hay que ser dedicado en estos asuntos, entiende que son los cordelios quienes que lo dominan a uno.


Cuando empiezan a crecerles los brazos y los dientes parecen pequeños monstruos, y su chillido característico empieza a parecerse a una risilla cosquillosa, como la de una hiena. Hubo un tiempo en que llegué a pensar que era yo el motivo de su risa. No los culpo si así fue, un tipo como yo debe verse realmente jocoso a las cinco de la mañana, barbado, despeinado y a medio despertar, alimentando con gotero y tenedor a cientos de cordelios hambrientos que ríen como hienas y estiran sus tallos como lo harían coloridos pichones dentados. En ocasiones me gana la pereza de empezar la ardua rutina, pero sé que solamente yo puedo cuidar de mis cordelios y que si me descuido vendrán los cuervos para llevarse sus frutos.

 

Ricardo Combariza.