Como
sucede con la palabra literaria, por medio de la imaginación
los arquitectos diseñamos, prefiguramos y habitamos otros espacios,
y, en este proceso, también nos vamos construyendo a nosotros
mismos como personas. Mediante la literatura, o también de la
arquitectura y de otros lenguajes artísticos no verbales, es
posible abandonar nuestra realidad pero llevándonos nuestra individualidad,
nuestra memoria, nuestro muy particular modo de comprender el mundo.
Con este bagaje arribamos a otro contexto, a otros tiempos y espacios,
a otras historias y, sin prejuicio alguno, nos despojamos libremente
de nuestros ropajes, nos enfundamos el traje de otros y habitamos otras
realidades: la del héroe o la del villano, la del hombre o de
la mujer, la del abuelo o la del niño, de este o de otros tiempos
también. Una vez que hemos vivido imaginariamente esos espacios
y que hemos sido "otros", el lenguaje poético de las
artes, como lo son la literatura, la arquitectura, la poesía,
la música u otras, nos permite regresar más enriquecidos
a nuestra realidad originaria.
El arte de la literatura, y el de la arquitectura entre las artes, implica
discursos análogos que se construyen mediante un particular proceso
en el que existen diversas concordancias y que al final dan como resultado
un poema, una narración, un cuento o el proyecto de un espacio
habitable. En la arquitectura, como en la narración o en la poética
literaria, los objetos, la relación del adentro con el afuera
y viceversa, las imágenes visuales, olfativas, táctiles
o auditivas se animan en los espacios, reales o imaginarios, y forman
parte esencial de las personas. Así, cuando recorremos un espacio
arquitectónico, un cuento o un poema, realizamos en él
un singular paseo, real o imaginario, por una serie de eventos los cuales
no podrían verdaderamente ser sin el tiempo, ni tampoco sin los
espacios; en otras palabras, tanto en la arquitectura como en la literatura,
lectores o habitadores nos apropiamos de esos espacios y tiempos, los
habitamos, les pertenecemos y también ellos a nosotros.
Por todo esto, afirmamos que cada proyecto arquitectónico edificado,
aún no edificado o incluso que ya no existe en la realidad tangible,
podría narrarse como un cuento o como un poema, y es así
como constituyen textos cerrados en sí mismos, y precisos en
su construcción, es decir, continentes a los que nada les falta,
nada sobra.
Para ampliar esta idea de comprensión de los espacios que habitamos
los seres humanos, o más bien, digámoslo así, de
aquellos que nos habitan a nosotros, es decir, que nos otorgan pertenencia,
identidad, cobijo, que nos son entrañables y que, en palabras
de Gastón Bachelard, nos permiten afirmar "Yo soy el espacio
en donde estoy", son particularmente reveladores los correlatos
en la literatura. Veamos algunos ejemplos de la cuentística.
En el cuento "La luz es como el agua", de Gabriel García
Márquez, los elementos mágicos de que está plagada
la realidad nos trasladan al Paseo de la Castellana, donde gozamos con
Totó y Joel "abriendo la llave", para que el espacio
se pueble de luz y podamos navegar libremente en él al lado de
ellos, mostrándonos lo que es posible construir imaginariamente
en pleno contexto de la cultura urbana madrileña.
En "Casa tomada", Julio Cortázar nos hace habitar y
padecer los espacios junto con los protagonistas. Nuestro corazón
sangra con el de Irene y el de su hermano ante la patética realidad
urbana que viven actualmente muchas familias despojadas en sus propias
casas. Más aún, durante la lectura de este cuento es fácil
trazar imaginariamente los planos arquitectónicos de esta vieja
casona en el corazón de Buenos Aires.
Los largos y sutiles párrafos en el cuento "Los baños
de Celeste", de Alejandro Aura, nos sumergen en los espacios húmedos,
provocativos y evanescentes de una intimidad que se percibe exclusivamente
por el ojo de la cerradura de una puerta:
...imagen
bordada en los bastidores de la magia y a través de los cuales
yo habría de encontrar el sentido de la libertad. ...Yo habría
de estar a solas finalmente, hundido en mansedumbre, almiatado; porque
así como tú no podías escapar de tu destino yo
no podía escaparme de mí mismo, desvanecerme en el aire
de la recámara aquel día que dejaste la puerta entreabierta,
y todo, la manija de la chapa, las paredes, el espejo, estaba lleno
de tu perfume.
El
sentido de pertenencia y de identidad que nos brindaron algunos espacios
en nuestra infancia, que atesoramos en los recuerdos y anhelamos reencontrar
siempre en cada sitio que habitamos, parece hoy día no ocupar
mucho la consideración de algunos arquitectos. A propósito
de esto, en "El árbol perdido", de Francisco Segovia,
leemos lo siguiente:
Se
precipitó por la entrada lateral, rodeó la casa y de pronto
se detuvo. Lo que tenía enfrente era un jardín japonés.
"Ha costado mucho trabajo y mucho dinero hacerlo pronto".
No quiso saber de quién era la voz. Recorrió el lugar
en todas direcciones. El árbol ya no existía. Creyó
desfallecer y se fue casi huyendo.
Quien
lea este cuento vivirá el doloroso estremecimiento de una persona
que busca reencontrar inamovibles los espacios de la infancia, y no
sólo no los encuentra, sino que se da cuenta de que a nadie más
que a él le han importado. Y sin embargo, más adelante,
en el mismo cuento, nos dice el autor que es posible recuperar en la
vida, de otro modo, aquello que pensábamos perdido: "Allí
estaba el árbol, y era suyo. El único. No se habían
secado del todo ni viejas añoranzas ni tristezas. La compañía
paterna, el huerto antiguo y también Cecilia". Y es que
los espacios de la infancia, como nos dice Gastón Bachelard,
nos acompañan dentro de nosotros mismos para siempre, anhelando
reinstaurarse en una nueva realidad.
En otros cuentos se nos hablan del sosiego y de la confianza que otorgan
algunos de nuestros lugares amados, un ejemplo es "La plaza",
de Juan García Ponce, quien finaliza el cuento diciendo:
...Los
pájaros empezaron a cantar invisibles entre las ramas de los
laureles, y luego las campanas dejaron escapar su seco y prolongado
sonido sobre el canto como si no viniera de las torres de la iglesia,
sino de mucho más atrás, de un espacio distinto que se
precipitó sobre C igual que una vasta ola, dulce, silenciosa
y cada vez más grande, que se extendiera sin límites,
oscura y envolvente como una noche hecha de luz en vez de sombras que
lo cubriera todo con su callado manto. Por primera vez en mucho tiempo,
como no lo había sentido en compañía de nadie ante
ningún acontecimiento, C sintió una muda y permanente
felicidad, y la plaza, a la que supo regresaría ahora definitivamente
todas las tardes, se quedó otra vez en su interior, encerrando
todo en un tiempo que está más allá del tiempo
y le devolvía a C durante un instante fugaz pero imperecedero
toda su substancia.
Y qué
decir de la narración "Arquitectura hechizada", de
Vicente Quirarte, en la que se reconstruyen, de manera quizá
más realista, los espacios arquitectónicos e hitos urbanos
que brindan identidad y pertenencia a los "centrícolas":
Vivir
en el Centro no sólo era vivir en el corazón de la ciudad,
sino latir en el centro del mundo. Enterarse, antes que nadie, de lo
nuevo. Sus mitologías se forjaban en consonancia con las vivencias.
...Centrícola es eminentemente la Gente de la Ciudad. ...San
Juan de Letrán huele a tacos de canasta y de carnitas, a tortas
compuestas, tepache, jugo de caña, aguas frescas, lámparas
de kerosén, perfume barato, líquido para encendedores,
dulces garapiñados, papel periódico de revista, de librito
de versos de Antonio Plaza y novelita pornográfica. ...Si la
arquitectura es la piel de la ciudad y los habitantes que pueblan y
recorren sus arterias constituyen su sangre, las diversas lecturas de
la capital equivalen en su conjunto a un gran tratado de anatomía
urbana, a un inventario donde no pueden ser ignorados los fantasmas
que justifican al presente.
En
este texto de Quirarte se cita también la demanda de Juan Villoro
por "una nueva forma de arquitectura espiritual del barrio, no
a través de la reconstrucción cartográfica, sino
mediante la traducción de las ensoñaciones que la urbe
provoca en sus habitantes", exigencia a la que algunos arquitectos
estamos intentando dar respuesta.
Muchos otros ejemplos encontramos en Borges, escritor argentino quien
-quizá más que otros autores- nos abre a los arquitectos
un amplio panorama de posibles lecturas del espacio habitable. En efecto,
con la aportación de varios de sus temas y recursos literarios,
tales como el laberinto, el espejo, el "adentro y afuera",
lo marginal, los largos, pausados y también trepidantes recorridos
en el tiempo y en el espacio, Borges nos atrapa en sus cuentos. "El
Aleph", por ejemplo, es un sorprendente infinito localizado en
el sótano de la casa de Beatriz Viterbo; es todo un universo
que cabe en un "rincón", en términos "bachelardianos",
espacio que nos revela el germen de una existencia, de una casa, de
la conciencia de la mortalidad y de la eternidad, esa inmensidad "íntima"
que habita en cada alma humana.
Y en cuanto a la poética, hay mucho que decir. Cuando afirmamos
que "una imagen dice mil palabras" es cierto, sin embargo,
una palabra, puesta en un poema, evoca un sin fin de imágenes
vivas; así, la poesía sugiere un infinito continente de
imágenes poéticas de los espacios habitados amados, padecidos
o anhelados, y esto cobra singular importancia para el arquitecto ya
que lo acercan al espacio real de una manera como ninguna otra forma
representativa lo puede hacer. A continuación algunos ejemplos.
En un fragmento del bello poema "Mañana errabunda",
el jalisciense Francisco González León dice:
...Sin el convento
que en el río se copia,
sin el halcón que silencioso acecha
posado en la alta cruz de la Parroquia
Sin todas esas cosas;
sin toda esa quietud injuta en rosas:
sin toda esa poesía;
faltará al pueblo su fisonomía.
En
otro caso, Pablo Neruda en "A la Sebastiana" (De plenos poderes,
1962) evoca un millón de imágenes sobre el proceso constructivo
de una de las casas que él mismo edificó. El poema comienza
así:
Yo construí
la casa
la hice primero de aire
luego subí en el aire la bandera
y la dejé colgada del firmamento,
de la estrella, de la claridad y de la oscuridad.
Cemento, hierro, vidrio
eran la fábula,
valían más que el trigo y como el oro,
(...)
Ya no pensemos más: ésta es la casa:
Ya todo lo que falta será azul,
lo que necesita es florecer;
y eso es trabajo de la primavera.
Como
vemos, definitivamente existe una correspondencia esencial entre la
arquitectura y la poesía. Martin Heidegger, en su libro Arte
y poesía, afirma que "todo arte es en esencia poesía,
poesía es la desocultación de la verdad, la verdad es
la esencia del ente en sí y sólo poéticamente es
como el hombre habita la Tierra". Parafraseando el texto, nos atrevemos
a decir que la arquitectura es poesía edificada en palabras de
habitabilidad, la cual desoculta cierta verdad que, por medio de una
voluntad humana, inaugura un lugar.
Sobre esta misma idea, Octavio Paz, en su libro El arco y la lira, nos
dice que "las diferencias entre el idioma hablado o escrito y los
otros -plásticos, musicales o arquitectónicos- son muy
profundas, pero no tanto que nos hagan olvidar que todos son, esencialmente,
lenguajes: sistemas expresivos dotados de poder significativo y comunicativo.
Es más fácil traducir los poemas aztecas a sus equivalentes
arquitectónicos y escultóricos que a la lengua española.
...el lenguaje de 'Primero sueño' de Sor Juana Inés de
la Cruz no es muy distinto al del Sagrario Metropolitano de la Ciudad
de México. Así, las palabras del poeta son las voces vivas,
o lo serán, de su comunidad".
*****
Hoy
día, inmersos en un mundo que, como nos dice Guy Debord, consumimos
principalmente con el sentido de la vista y que nos aleja de "el
ser" para encarcelarnos en "el parecer", bien podríamos
buscar reinstaurar otras pautas para el diseño arquitectónico
y a la vez confirmar lo que de vocación y oficio nos demanda
la poesía…, pero, ¿de vocación u oficio? De nuevo
acudamos a Octavio Paz: en El arco y la lira nos dice que "los
poemas no son [afortunadamente] productos susceptibles de intercambio
mercantil; [ya que] el esfuerzo que se gasta en su creación no
puede reducirse al valor actual del trabajo. De ahí que el oficio
de poeta -arquitecto, escultor o músico- demande nuestra entrega
al oficio de poetas".
Las ideas expuestas aquí forman parte de un proyecto de investigación
educativa transdisciplinar que se titula "Arquitectura y literatura,
encuentros y correspondencias". Parte de este trabajo se presenta
publicado en compilaciones empíricas en el sitio www.architecthum.edu.mx.
El trabajo comenzó en 1998 y se elabora en el marco de la libertad
de cátedra y de la gratuidad académica. El proyecto "Arquitectura
y literatura, encuentros y correspondencias" intenta ser un espacio
académico de consulta y apoyo para quienes buscan reinstaurar
una esencial razón de ser arquitectos, esto es: habitar poéticamente
la Tierra, en primera persona del plural.
María Elena Hernández
Alvarez 
Ciudad de México, octubre de 2007
FUENTES
DE CONSULTA
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SITIOS EN INTERNET:
www.architecthum.edu.mx
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