Brilla el sol sobre Venecia. Desde el avión - maqueta, damero,
mosaico - la altura desdibuja los trazos de esta ciudad prevista; a
menudo entrevista, que parece más irreal si cabe, borrosa en
el paisaje lo mismo que una líquida burbuja flotando sobre el
tiempo. Sin embargo, en esta especial visita, yo procuraré o
lo intentaré al menos, aislarme de lo preconcebido, del implacable
escorzo de los documentales o de los inevitables tópicos de su
topografía perpetrados por los guías de turno para turistas
ávidos de lugares comunes y estéticas, o estáticas,
emociones al uso. Inicialmente mantengo este propósito, el de
blindarme de las secuencias de tantos escritores admirados que han hablado
de ella, olvidar fotogramas magistrales e incluso melodías que
me acerquen al rasar de los remos por sus aguas. Pienso entrar en Venecia
como por una casa señorial justo al revés de lo recomendado:
o sea por la puerta de servicio, que es pisar sobre la tierra humilde
y no a través del agua omnipresente frente al lujo ampuloso y
delicado de sus bellas fachadas palaciegas que sería lo correcto
o previsible. Los puristas, sin duda, me insistirían sobre el
tema poco más o menos con estos argumentos: Has de abarcar
primero la perspectiva única de este lugar de ensueño,
desde el agua, donde es posible admirarla en todo su esplendor.
Por el agua accedían siempre a sus mansiones los nobles y los
potentados de la eterna Venecia, subiendo escalinatas de sumergidos
peldaños sobre el aliento turbio de los canales. Jamás
por tierra entraban los señores. Los puentes fueron tendidos
para el pueblo, para los comerciantes, para los servidores, para los
artesanos…
-Ya dejaré esa idílica visión para más tarde-,
me digo mentalmente, mientras que de la manera más natural posible
mis pasos, discretamente anónimos, deambularán sin prisa
por los intrincados dédalos de su laberíntica arquitectura.
Comienzo a recorrerla frente a la Ferrovía, en la Plaza de Roma,
en este instante un lugar agitado. Entre otras cosas, por las 420 toneladas
que se les vienen encima debido sobre todo a la reciente construcción
del Puente de Santiago Calatrava. Puente tendido sobre el Gran Canal
frente a este sitio. La moderna estructura de 85 metros preocupa y no
poco en estas fechas, a los celosos guardianes de la ciudad intocable.
Los puentes diseñados por los arquitectos del futuro van uniendo
ciudades. Enlaza Calatrava, Mérida con Venecia y con Sevilla,
mediante las reconocibles siluetas de la uniformidad de un estilo preciso.
Sin embargo los tres enclaves únicos pertenecen al Mundo.
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Son ciudades eternas sobre el poso profundo y diferente con el que sostener
su hegemonía. Por los traslúcidos cortavientos de la modernidad,
que este puente ahora mismo representa, las exquisitas joyas de policromos
mármoles, aguardan al viajero con su impactante luz de permanencia.
Hay que mirar al cielo de las cúpulas y descubrir su fondo en
la movilidad de los azogues. Reflejos, mutaciones. Elipsis en los cambiantes
planos que los ojos persiguen. La mirada se pierde en los detalles,
deambula fascinada lo mismo que los pasos, en permanente fuga hacia
el olvido.
Me comentan ahora que aunque ,lógicamente, siempre habrá
división de opiniones al respecto, la parte de Venecia innovadora
y ágil, se muestra satisfecha por quebrar de algún modo,
sin dañarla, la inmutabilidad de sus perfiles. No olvidemos tampoco
que también en diversos lugares estratégicos podemos admirar
magníficos ejemplos de arquitectura contemporánea de primerísimo
orden, el jardín de la Fundación Querini-Stampali, o la
puerta de entrada de su Facultad de Arquitectura, apuntando tan sólo
dos ejemplos; por no hablar de la importancia de su famosa Bienal cargada
de propuestas artísticas, rompedoras, desconcertantes, interesantísimas
casi siempre.
Cuatro serpenteantes kilómetros sostienen la más original
y hermosa de las calles mayores, sólo que una no es Dios y no
puede por tanto caminar sobre las aguas. Me limito a observar desde
la orilla el tráfico fluvial y admirar los Palacios que flanquean
el Gran Canal, el Cielo parpadea sobre el agua y el agua le devuelve
luz al Cielo.
Hay pasajes secretos e imposibles que me llevan a una calle distinta
que no tiene salida, siempre el agua que aparece sin más bajo
mis pies cortándome las alas, a veces la calle desemboca en un
sencillo patio de vecinos. En el centro, el sempiterno pozo, como sereno
aljibe que presidiera el centro del silencio; distinto en cada sitio.
Brocal festoneado con gracia principesca ensalzando lo simple y enriqueciendo
lo sencillo. Huele a café y a pizza, a pasta hervida y a menudo
a albahaca. Mucha vida y mucha obra se agita sobre la Sereníssima
República. Un hervidero interno que anuda las urdimbres que se
van destejiendo lentamente sin llegar a romperse. Casi apenas se sienten
ni se ven, pero todo un ejército de artesanos y artistas hormiguea
en el subsuelo mientras resuelve como puede, con técnica y oficio
y a veces con ingenio, los miles de problemas planteados en torno a
la perpetua inestabilidad de todo lo que rodea tan frágil arquitectura.
Todo se balancea y se corrompe mas todo se repara lentamente. Cada pequeña
trama requiere su personal registro, un minucioso proceso que culmina
en una restauración casi perfecta.
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Eso lo saben muy bien los venecianos que no cesan de hurgar permanentemente
sobre su historia y su intrahistoria, sin puntadas en falso, pues todos
saben bien lo que se juegan.
Es valioso - lo aprenden desde niños- el tejido difícil
que manejan, exquisito y complejo. Con la misma pasión odian
y aman este legado único que no les queda otra que compartir
con todos.
Es sabido que ya en el siglo V se fundaron las bases de este sueño
que algunos no creyeron imposible. Eligieron la madera del larix, árbol
especialmente resistente al agua y a la persistencia del deterioro.
Sobre los palafitos plantados en la Laguna se crearon las primeras viviendas
y en torno a ellas las redes inextricables de un complicado laberinto
de agua con el que sorprender y de paso defenderse del enemigo. La fascinante
historia bien puede rastrearse en cualquier guía o enciclopedia.
En torno al Gran Canal se fueron expandiendo las arterias, más
de cuatrocientos puentes uniendo las 118 islas forjando un entramado
hecho de materia y espíritu, de astucia y de férrea voluntad.
Me dejo seducir como otros muchos por la profundidad del arte reflejado,
pero también por lo trivial y cotidiano; por la gente del véneto,
de alguna forma ajena a la invasión continúa de tan sensible
espacio. Algunas de las góndolas permanecen varadas, sobre ellas
la expuesta mercancía de frutas y verduras sorprende al caminante
bajo un orden distinto. Los blancos corazones de las alcachofas, por
ejemplo, flotan sobre las aguas del barreño perfectamente limpias,
el olor de la fruta dispuesta con elegancia sobre la aparente precariedad
del balanceo, los mercados al aire libre en las pequeñas plazas
rebosantes de vida, las voces del tendero pregonando la oferta, los
mercados, donde el arte rebosa por los muros sobre las refinadas geometrías.
No obstante, la erosión es patente en muchas zonas, en parte
por las aguas y en gran medida por los excrementos corrosivos de las
palomas que campan a su antojo sobre todo por los principales monumentos.
Sus implacables picos van devastando los bajorrelieves y las magníficas
estatuas, algo que trae de cabeza a la Superintendencia arqueológica
de la ciudad. Recientemente el responsable de la conservación
de la Basílica de San Marco, Ettore Vio, pidió, encarecidamente,
que se tomaran urgentísimas medidas sobre esta preocupante y
masiva presencia de palomas.
Vivaldi en todas partes suena como un milagro repetido.
Los estilos se enlazan a mi paso como una sinfonía que lo evoca:
el gótico, florido como la primavera veneciana. La asfixia del
barroco, sensual como un verano ardiente. El purista y reflexivo arte
del renacimiento como un otoño pensativo y hondo. El románico,
de gruesos y acogedores muros.
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despojado,
tan puro y sobrio como la lluvia sobre los vitrales, como la nieve en
un invierno de interiorizaciones…
Hay
una clave armónica anudando los tiempos, fundiéndolos
en un sólo latido que refleja a los siglos, igual que los canales
las edificaciones.
Pienso en Andrea Palladio mientras contemplo la iglesia de San Giorgio
Maggiore recortarse sobre el horizonte junto al extremo occidental de
la Isla de la Giudecca. Me he detenido antes frente a la de IL Redentore.
He pensado en sus sueños platonianos, en su incansable creatividad,
en esa concepción de ver el Arte, frente a una época que
lo asfixiaba, desde la perspectiva de los antiguos templos de los paganos
dioses. Misterioso, cautivador Palladio, proyectando el espíritu
de los órdenes clásicos en una tan sólida como
imaginativa y enigmática arquitectura. Me hubiera encantado poder
ir a Vicenza, su patria chica, descifrar sus misterios, o sus claves,
contemplar el famoso Teatro Olímpico o esa Villa Rotonda tan
distinta y perfecta; pero queda tanto por andar en Venecia, por navegar,
por contemplar que muchas cosas son, en esta estancia al menos, imposibles
para mí.
Al pasar por el embarcadero de Fondamente Nuove, que se halla al norte
de San Marco, dudo en tomar la línea 52 y plantarme en el cementerio
de San Michele que acoge el descanso de tantos creadores fallecidos
aquí para más tarde acercarme a Murano, la isla del cristal.
Finalmente - ni lo uno ni lo otro- las contemplo de lejos y sigo caminando.
Sí que visitaré algo mas tarde una fábrica de cristal
en la propia Venecia con su correspondiente parafernalia artesana pensada
para turistas.
Al final, frente a un maravilloso despliegue de piezas deslumbrantes,
la tarjeta de crédito baja que es un contento. Pocos se resisten
a llevarle tan delicado presente a cualquier miembro de la familia.
La verdad es que los venecianos tienen, desde antiguo, el olfato bien
desarrollado para vender lo que les plazca. Con la habilidad añadida
de hacerle creer al posible cliente que en realidad les están
haciendo el inmenso favor de ofrecerles belleza; algo, que en cierta
forma, bien puede ser verdad.
Una actitud, si bien educada, particularmente desdeñosa, he podido
observar en los establecimientos cara al público: Hoteles, restaurantes,
bares, etc. (otra cosa es la gente de la calle, amabilísima)
los camareros, o los dueños, no se molestan en perder el tiempo
en cortesías, sobra gente que paga sin rechistar por todo lo
imaginable y aquí hay que pagar por todo. En su favor diré,
que el "decorado" maravilloso y único de la sin par
Venecia, con sus amaneceres y sus atardeceres de una luz irreal e inabarcable
- como todo lo auténtico- es totalmente gratis.
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Cada interior, sea Palacio o Iglesia, guarda tesoros que merecen contemplarse.
Tiziano, Tintoretto, Veronés, Tiépolo, Guardi, Canaletto
por citar sólo a algunos, laten sobre sus obras y nosotros, con
ellas, sentimos que algo grande y sagrado trasciende al ser humano.
Cruzo por el puente de Rialto y a continuación piso las losas
de piedra de Istria que tantos han pisado.
Me
detengo frente a la Basílica, podría describir este momento,
y muchos otros, pero queda el silencio en la memoria y en la contemplación,
Sólo dejo - eso sí- un poema brevísimo de J. Luís
García Martín, titulado Venecia, que cifra el recorrido:
El samovar de plata entre las olas.