Je
suis l'espace où je suis.
[Yo soy el espacio donde estoy]
Pierre Albert-Birot
En medio del
enjambre citadino, del cúmulo de edificios, comercios, oficinas
y viviendas hay una puerta en cuyo umbral pueden escucharse los
murmullos ensordecedores del viejo Tlatelolco. La puerta está
entreabierta, deja filtrarse el aire de otro mundo, es la viva imagen
de "la vacilación, de la tentación, del deseo,
de la seguridad, de la libre acogida, del respeto" . Enfrascado
en el caos vial bajo de mi auto, camino paso a paso hacia la puerta
atraído por su umbral hecho de ruido, de colores, aromas
y texturas que contrastan con el perfil rectilíneo de su
marco. Abro la puerta y entro: es el rincón de los olvidados;
sus muros, espontáneos, están hechos de tradición,
de aroma y color. Su techo son mantas impermeables de múltiples
matices; el aire huele a hambre, a injusticia, pero también
a trabajo, a rito, a unión. Su tapiz es la textura de los
innumerables delantales, de las bolsas de plástico, de las
cuerdas, de los palos y los letreros, de las mercancías que
ahí se venden
de la gente.
En realidad no importa dónde se ubique esta clase de espacios,
siempre creerás que los odias cuando desquicia la ciudad
la gente que se acumula en torno a ellos.
Si los observas con detalle, parece que los aplasta la inmensidad
de la urbe. Ya no los toma en cuenta el diseño arquitectónico
que se realiza en la actualidad, pero no importa, ellos se adaptan.
Lo mismo forman una intrincada red de calles y techumbres multicolores
junto a un edificio colonial, que junto a un mercado, a una estación
del metro o en una esquina, como sucursal del emporio comercial
público más grande del país. Ahí están,
siempre aparecen, hasta donde nunca lo imaginaste. Su dinámica
incomparable, la sencillez y la discreción con las que brotan,
los vuelven un estigma urbano que nos recuerda en cada momento lo
que somos y de dónde vinimos.
No puedes decir que los conoces bien si no entras en ellos, pues
el caos citadino adquiere una nueva dimensión en su interior.
Su existencia es admirable, no sólo han logrado permanecer
por siglos en uno u otro lugar, sino que aún conservan su
poderosa fertilidad: son el germen de nuestra raza, el cúmulo
de nuestros ritos, nuestra conciencia colectiva. En ellos, hay lugar
para todo mundo, lo mismo para pobres que para ricos, para letrados
que para ignorantes. Ahí encuentras lo que buscas, no importa
qué desees. Si te gusta lo extranjero o lo nacional, si necesitas
artículos de primera necesidad o superfluos, originales o
económicos, o bien ropa, o calzado, muebles, discos, celulares
o computadoras. De todo hay y con la fama de "más barato".
No necesitas que te garanticen nada, 'si te sale mal, nomás
me lo trais y te lo cambio', te dicen. En ellos hay de todo, desde
quien carga tus bolsas hasta quien te compra lo que llevas puesto.
No precisas de vigilancia extrema: si no te gusta el precio, regateas,
pero 'si no compras, no magulles'.
El citadino descubre su propio ser cuando los abandona, cuando vuelve
a la urbe inconmensurable, ello ocurra tal vez como reacción
a las concentraciones míticas que se presentan en un rincón
de su cultura como éste , pues constituye una mirada a nuestro
pasado, pero sobre todo a nuestro presente, a nuestra realidad.
El tianguis niega el supermercado; su rumor, el orden establecido;
su improvisación, el esplendor y el lujo . La disposición
de sus espacios constituye la funcionalidad popular más óptima;
sus colores, la estrategia de marketing más efectiva; sus
sonidos, el eslogan más atrayente; sus aromas, el emblema
más impactante; sus configuraciones espaciales, el reflejo
de las raíces, y sus mercancías, la globalización
inminente.
Salgo del espacio con los gritos de los antiguos pochtecas retumbando
aún en mis oídos. Esta vez dejo abierta la puerta
con la esperanza de que los aromas, las texturas, los sonidos y
los colores que se escapan de su umbral irradien el espacio circundante
y dejen un poco de sí en el entorno y en las miles de personas
que sin duda seguirán siendo atraídas por esta fuente
apremiante de nuestra mexicanidad.
Et
voici que je suis devenu un dessin d'ornement
Volutes sentimentales
Enroulement des spirales
Surface organisée en noir et blanc
Et pourtant je viens de m'entendre respirer
Est-ce bien un dessin
Est-ce bien moi.
[Y he aquí que me he convertido en un dibujo de adorno /
Volutas sentimentales / Enroscamiento de las espirales / Superficie
organizada en negro y blanco / Y sin embargo me acabo de oír
respirar / Es acaso un dibujo / Soy acaso yo.]
Pierre
Albert-Birot
Arq.
Alvaro Cirión Arana 